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domingo 26 de enero del 2020

#Nacionales Dulces mixtecos, 30 años de historia

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Cuando iniciaron hace 30 años, un día de noviembre de 1989, apenas ocuparon una mesa y una cubeta adaptada para la elaboración de dulces artesanales llamados veligomas. Hoy, las instalaciones de la empresa familiar Dulces Edith ocupan alrededor de 400 metros cuadrados y produce, aproximadamente, 35 variedades de productos y presentaciones.

Se encuentra en Magdalena Yodocono de Porfirio Díaz, población que se ubica a una hora y media de la ciudad de Oaxaca. Las calles de este municipio, en su gran mayoría sin pavimentar, contrastan con una floreciente industria dedicada a elaboración de dulces que se ha consolidado durante las últimas tres décadas y que cada vez amplía más su mercado a otras entidades del país. Lucía Edith Cruz López y Alfredo Raymundo Palacios Cruz tenían 25 años de edad cuando se casaron. Un año y medio después, y ante la falta de empleo en Yodocono, pese a que Alfredo había estudiado la carrera de médico veterinario -nadie en Yodocono llevaba a sus animales al veterinario-, decidieron iniciar una empresa de elaboración de dulces.

La receta la aprendieron de los padres de Raymundo, quienes vivían en la Ciudad de México, y la fueron mejorando con el tiempo. “Inició con mucho sufrimiento”, recuerda Edith Cruz, la fundadora y cuyo nombre también es la marca de su empresa. En 1989 iniciaron con un kilo de grenetina con la que produjeron unas tres cajas de veligomas, un dulce de gelatina que va dentro de un pequeño y alargado tubo de plástico; eran de diferentes colores.

“Nos costó mucho abrir mercado. Estábamos recién casados y no teníamos trabajo. Mis suegros lo hacían [el dulce de gelatina] en la Ciudad de México, ellos nos pasaron la receta, que después fuimos mejorando y también nos advirtieron que no se vendía”, recuerda Edith.

Con esa primera producción viajaron hasta la ciudad de Tlaxiaco, ubicada a unos 92 kilómetros de distancia y a dos horas en vehículo desde Magdalena Yodocono. Llegaron a una dulcería a venderlos, pero el propietario les dijo que únicamente les aceptaba el producto si se lo dejaba a consignación, es decir, sólo en caso de que se vendiera se los pagaría o, de lo contrario, se los regresaría.

Pasaron los primeros ocho días y volvieron a Tlaxiaco con la esperanza de cobrar su primera venta, pero no fue así. Cuando llegaron resultó que les devolvieron todo el producto porque no sólo no se había vendido, sino que una parte se había humedecido por el calor.

“Al inicio tuvimos algunos detalles en cuanto a producción para entrar a los mercados y eso nos animó hasta cierto punto. En esos años, cuando iniciamos más o menos, como era un producto nuevo, siempre era difícil meterlo en las dulcerías y al principio no nos pagaban, nos decían: ‘Si quieres déjalo y si se vende te lo pagamos’. Una o dos ocasiones lo dejábamos en consignación y nos lo devolvían”, relata Alfredo sobre sus primeros intentos de venta.

Para cualquier otra persona habría significado un golpe contundente para su empresa. No sucedió así con ellos. Volvieron a su casa, rescataron lo que pudieron del producto y mejoraron la receta para evitar que volviera a humedecerse y reintentaron venderlo, ahora en Huajuapan de León, en una dulcería cuyo propietario se llamaba Miguel Cruz.

El mercado en Oaxaca fue difícil en un principio, por lo que llevaron sus dulces artesanales hasta Tehuacán y a la Central de Abasto de Puebla, donde lograron su primer cliente fuerte. Tiempo después sus dulces llegaron hasta la ciudad de Guadalajara, Jalisco, y al estado de Chiapas.

La muerte de su cliente, en 1995, los dejó nuevamente a la deriva. La empresa en Puebla quedó en manos de sus hijos que pronto caerían en la quiebra y ellos se quedaron sin su principal comprador.

“En 1995 nos dedicábamos aún a hacer exclusivamente la veligoma. Entonces teníamos un cliente en Puebla que nos compraba toda la producción y era de entregarle cada ocho días, pero lamentablemente murió, y en esos años él fungía como presidente de la Asociación de Dulceros Mayoristas en Puebla, era quien tenía el teje y maneje, ahí se distribuía en gran parte de las ciudades. Cuando murió se nos vinieron abajo las ventas, tuvimos problemas para volver a levantarnos”, detalla Alfredo.

Aunque una puerta se cerró, otras se abrieron. Alfredo conoció al propietario de una distribuidora de dulces en la ciudad de Oaxaca, llamada La Sevillana, y su empresa volvió a prosperar.

Desde entonces, buscaron diversificar sus productos y ahora no sólo producen veligomitas y gelatinas, también elaboran variedades de dulces con base en tamarindo, algunos llamados mechuditas, cucharitas, vasitos, así como tarugos, banderillas, minibanderillas, dulces de mango, de guayaba y chicharrones. Cada uno de los productos se elabora con materia prima natural y en ninguno de ellos se usan químicos.

La producción es enteramente artesanal, y mientras empezó con sólo dos personas, ahora emplea a cerca de 14, las cuales se encargan de las diferentes áreas para la elaboración. La mayoría de los trabajadores son familiares y algunos habitantes de Magdalena Yodocono.

Los lugares de venta de sus dulces también se han ampliado a través de la colocación en abarroteras en diferentes municipios de Oaxaca, como en Miahuatlán de Porfirio Díaz. Además, la empresa continúa su venta en Tehuacán, Puebla.

Su estrategia de venta también ha funcionado para resolver los problemas de distribución, ya que las compañías a las que les venden también se encargan de mover el producto a los diferentes puntos de expendio. Además, los hijos de Edith Cruz y Alfredo Palacios se han involucrado en la empresa familiar. Édgar Uriel Palacios Cruz, por ejemplo, se graduó de ingeniero químico, y aunque labora en la Ciudad de México en la industria automotriz, también es el encargado de llevar la contabilidad y administración de Dulces Edith.

Otro de sus hijos, Alfredo Palacios Cruz, se dedica a la venta y a la ampliación del mercado, así como a posicionar la empresa a través de las redes sociales y otras estrategias de publicidad, y un tercer vástago también se dedica a las ventas y a la distribución de los productos.

“Nunca imaginé crecer tanto. Cuando empezamos sólo era para comer y para mantener a los hijos”, manifiesta Edith. Por su parte, Alfredo reconoce que en ninguno de los momentos difíciles pensaron en abandonar la empresa, porque es un “negocio muy noble”.

“Nos ha mantenido durante todos estos años. Incluso, en La Sevillana coincidía con otros agentes de ventas de empresas grandes o medianas y me hacían la pregunta de cómo era posible que una empresa minúscula, como la de nosotros, se hubiera podido mantener durante tanto tiempo en el mercado. Nuestra cartera de clientes es limitada, porque son pocos. Luego hay empresas grandes que lanzan al mercado sus productos y avientan la casa por la venta en propaganda y luego desaparecen muy rápido”, dice.

La supervivencia de la empresa durante 30 años, afirma, la atribuye a la tenacidad y a su esposa.

Ahora, comenta, su deseo es que el negocio se mantenga por otros 30 años. Señala que entre sus objetivos está el mecanizar algunos procesos para aumentar la producción y ampliar el mercado a otros estados.

En noviembre de 1989, cuando iniciaron, producían un solo tipo de dulce con un kilo de grenetina y con esto llenaban de tres a cinco cajas de producto; actualmente tienen alrededor de 35 variedades de dulces y producen unas 800 cajas cada mes. Sin embargo, en temporada alta, llegan a fabricar hasta mil 600 cajas de dulces por mes.

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